"Alea iacta est". "Los dados están echados" o "La suerte está echada". Según el historiador Suetonio, que no tenía relación alguna con los "suéteres", el viril cónsul Julio César dijo estas palabras al cruzar el río Rubicón, representando de modo épico y con sombras dramáticas (algunos dicen que es apócrifa) su desafío a la República romana.Los dados, esos grandes desconocidos. ¡Cuántas veces los habremos agitado en mano o cubilete jugando al parchís y no sabemos ni de dónde han salido! Ocurre como cuando hablamos de "alta tecnología": la conducimos, la utilizamos y a veces hasta la masticamos (y por nuestro esófago pasa) pero nos parece que funciona por arte de magia. Pero Prometeo, ese dador legendario del Fuego Creativo (marca registrada) de Zeus a los hombres, no existe. O al menos por ahora. Así que insólitamente, amigos, desvelamos que los diseñadores de estos populares elementos geométricos no viven en lejanas esferas celestes musicales ni en cielos platónicos perfectos, sino que eran habitantes de nuestro geoide planeta Tierra. Antiguos, eso sí.
A la hora de entender el mundo cúbico de estos grandes desconocidos en la Historia Universal hay que trasponer la mirada hasta nosotros mismos. ¿Un viaje interior? No exactamente: el origen está en los huesos (y no en el tuétano), como todo lo realmente importante. Sí, como lo oye, lector, tenemos un pequeño huesito llamado taba y está localizado concretamente en la primera fila del tarso (en el pie). De manera más docta se llama "astrágalo" y como los seres humanos somos muy cómodos y dicharacheros aprovechamos los dones que la evolución (que no Darwin) nos proporcionó e inventamos un peculiar juego de apuestas arrojando los cubos óseos en el suelo empedrado, aunque no usando la taba homínida, sino la de los cerdos, de los que "pedíamos prestadas" también sus vejigas para fabricar pelotas y así entretener a los pequeñajos mientras los mayores gastábamos los dineros.
Probablemente la primera referencia escrita está dispuesta en el Máhabarata, un libro heroico hindú, como los cómics de Batman pero con turbantes y sin dibujos. Por suerte Pitágoras (espero) no tuvo acceso a los dados en su Italia o se habría enamorado perdidamente hasta la ludopatía: este friqui de la aritmética que no comía alubia alguna porque decía que estaban repletas de almas de seres muertos inferiores (¿eso explicará los gases?) se derretía ante cubos y, sobre todo, con la visión del dodecaedro (que pudo haber descubierto él mismo). Aecio explicó sobre el sabio helénico:
A la hora de entender el mundo cúbico de estos grandes desconocidos en la Historia Universal hay que trasponer la mirada hasta nosotros mismos. ¿Un viaje interior? No exactamente: el origen está en los huesos (y no en el tuétano), como todo lo realmente importante. Sí, como lo oye, lector, tenemos un pequeño huesito llamado taba y está localizado concretamente en la primera fila del tarso (en el pie). De manera más docta se llama "astrágalo" y como los seres humanos somos muy cómodos y dicharacheros aprovechamos los dones que la evolución (que no Darwin) nos proporcionó e inventamos un peculiar juego de apuestas arrojando los cubos óseos en el suelo empedrado, aunque no usando la taba homínida, sino la de los cerdos, de los que "pedíamos prestadas" también sus vejigas para fabricar pelotas y así entretener a los pequeñajos mientras los mayores gastábamos los dineros.
Probablemente la primera referencia escrita está dispuesta en el Máhabarata, un libro heroico hindú, como los cómics de Batman pero con turbantes y sin dibujos. Por suerte Pitágoras (espero) no tuvo acceso a los dados en su Italia o se habría enamorado perdidamente hasta la ludopatía: este friqui de la aritmética que no comía alubia alguna porque decía que estaban repletas de almas de seres muertos inferiores (¿eso explicará los gases?) se derretía ante cubos y, sobre todo, con la visión del dodecaedro (que pudo haber descubierto él mismo). Aecio explicó sobre el sabio helénico:
«Por ser cinco las figuras sólidas, denominadas sólidos matemáticos, Pitágoras dice que la tierra está hecha del cubo, el fuego de la pirámide [tetraedro], el aire del octaedro y el agua del icosaedro, y del dodecaedro está compuesta la esfera del todo.»
La Orden de los Pitagóricos, una especie de secta que seguía a su líder como un profeta mágico, adoraba literalmente a los sólidos regulares (y el cubo es uno de ellos, sí). Creyentes en la armonía universal y el dualismo como origen de todas las cosas, esto es: frío-calor, noche-día, bueno-malo, Pepsi-Coca-cola, guardaron en secreto su hallazgo de la raíz de dos "para salvar a las gentes de la irracionalidad". Gracias a ellos, parece, el Universo no se reinició ni tuvo pantallazos azules. Y ahora tenemos dados a tutiplén, que lanzamos sin saber un ápice de Geometría (Platón no nos dejaría entrar en su Academia) y sin ser pitagóricos siquiera.

En definitiva, el lúdico camino de los dados, pasando de mano en mano y provocando sonrisas, miradas de ilusión y de desgracia, odios, amarguras y dicha por grandes tesoros (cuando Fortuna acompaña), siguió constante, pasando a griegos y romanos, que lo usaron con alevosía. Los amantes del Coliseo eran también unos vividores gloriosos que empeñaban un buen puñado de denarios en cualquier taberna del barrio Capitalino de Roma. Las téseras (los dados latinos) incluían desde luego bordes de un material pesado distinto, por ejemplo plomo, para realizar estafas y provocar que Fortuna marcara lo que ellos querían. Azar domesticado, diríamos. Y así, el "datum", "lo que está jugado" llega a nuestro presente a casi la mayoría de viviendas de clase media (juego de la oca, board games, el clásico y manido parchís, juegos de rol, donde se lanza también al terrible dado hecho de pentágonos de Pitágoras) y también a los casinos, grandes y pequeños que florecen como champiñones por este orbe todo.
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