Stu Ungar

Posted by Publicado por Paulo Hernández On 13:46


La historia de Stu Ungar tiene doble moraleja. La primera enseñanza que nos lega es que todo el mundo, si se lo propone, puede triunfar en el poker y llegar a lo más alto. La segunda es que hay que tener muchísimo cuidado al ganar, ya que innumerables vicios pueden destrozar nuestra leyenda, como le ocurrió a Stu.

Stu, al alcanzar su leyenda, se convirtió en un proscrito para muchos casinos. Su capacidad de ganar todos los torneos de poker imaginables (dejó incluso a una máquina que programaron para ganarle cortocircuitándose) le hizo temido en las mesas y adorado por un extenso público de amantes del poker.

Comenzó en el mundillo con sólo catorce años para mantener a la familia. Pero no salió de la nada, palpaba desde hacía tiempo el ambiente del juego. Como él mismo escribió: "“¿Alguna vez vieron la película que dirigió Robert De Niro en la que un chico del Bronx es apadrinado por un mafioso? Bueno, así era yo. A los catorce años alguien empezó a apadrinarme. Mi padre era un levantador de apuestas, de los importantes. Manejaba el Fox’s Corner, un bar en la Segunda y la Siete, en Nueva York. Nací en 1953 y me crié rodeado de tipos de la mafia"

Se denominaba como un "adicto a la acción" que apostaría hasta en una carrera de cucarachas.Un jugador nato, por naturaleza. Cuando ganaba unos pavos no se lo pensaba dos veces, iba a las carreras y se gastaba hasta el último centavo, (a veces pasaba de tres millones de dólares a cero en el mismo día) sin temor, se sentía sin nada que perder y eso lo llevó hasta la victoria en el campeonato mundial.

Ése es el punto que todo jugador de poker podría aprender del gran Stu. No tener miedo a seguir jugando hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, cayó en la cocaína y no tuvo más escapatoria. Eso es lo que hay que evitar. Y a pesar de todo, él siempre consideraba que si alguien cae, debe levantarse. Como mencionó en una ocasión: “Estaba listo para bajar, ya bañado y vestido, pero me miré en el espejo y me di cuenta de que estaba terrible: parecía salido de Auschwitz. Pensé que no iba a poder jugar diez horas durante cuatro días seguidos, y además hacerlo como los dioses. Ahí me di cuenta de que el año anterior me estaba cobrando peaje”.

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