Cuando era más muchachito descubrí este náutico juego en las clases. No puedo presumir de ir "con camisilla" o "zapatos recién estrenados", como dirían algunos escritores. Mis amigos decían ¡agua! o ¡hundido! e imitaban sonidos de explosiones y clásicas devastaciones bélicas pearlharborianas. Yo me interesé, hirviendo ya de imaginación y viendo a mi disposición toda una escuadra de navíos para dominar el orbe todo. Pero mi primer encuentro fue con la versión marciana, con naves espaciales y no el Mar Océano, sino un espacio abismal y profundo, más allá de Orión. Así gastaba mis cuartillas (en vez de estudiar o hacer algo de provecho, como algunas cuantas ecuaciones), después de dibujar un montón de cuadraditos; y antes sin ellos ni geometría, simplemente doblando la hoja hasta que se transparentase el disparo en el campo enemigo. Ya por entonces tuve mis primeras discusiones estratégicas con amiguitos:
Yo: (simulando una onomatopeya de disparo láser) ¡Fium! ¡Ese misil espacial ha destruido tu crucero interestelar, estás a la deriva!
Pequeño enemigo: ¡No es cierto! (hace pliegues en el folio cual abogado, intentando demostrar su versión) ¡No me has dado, mira!
Yo: (sonrisa) El borde circular del láser en rojo está rozando esa parte de la nave, fíjate bien.
Pequeño enemigo: ¡Eso es un asteroide de atrezzo!
Yo: Ups. Bueno, se puede arreglar...
Después el ciudadano acababa enfadado conmigo y dejaba de jugar largas temporadas. Hasta que me regalaron Batalla Naval: the game. Yo no sabía que era como el tema marciano pero lo descubrí pronto, cuando saqué de los plásticos a los encadenados y pobres buques de guerra. Como todo un enano, percibía con majestuosidad aquellas esloras de poliuretano, esas formas que se me antojaban tan aptas para la navegación en alta mar y yo quería convertirme en el capitán y recorrer cualquier rincón en plena libertad. Así me dispuse a retar a diestro a siniestro a todos mis compañeros a un combate en las olas, cuidando siempre el portaviones que es el más grande y el que abarca más casillas. Lo que no entendía era porqué los aviones de dicho barco no se podían utilizar para localizar a los malos, pero bueno. Comenzaba el conflicto y decía: ¡bé dos!. Silencio y "agua". Cuando escuchaba lo de "agua" rabiaba y me entraban más ansias de hundir las naves contrarias hasta la última popa. Y así fue: me ganó el colega. Ahora vendrían las excusas: "me dejé ganar", "hacía mal tiempo", "había marejada", pero nada vale. No quería ser el ninja de los mares, sólo un marinero. Me acabó gustando y jugué varias modalidades: con "radar" (pistas que se ganaban por medio de adivinanzas) y otro tipo de asuntos. Vale la pena para pasar un rato de tarde, lluvioso y primaveral.

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