"Suerte es lo que sucede cuando la preparación y la oportunidad se encuentran y fusionan."Voltaire.
En las antiguas villas y casas de campo que adornaban los verdes prados mediterráneos de Italia había mucho tiempo (de hecho sobraba y se aburrían) para el regocijo y el esparcimiento de los "nobles privilegiados por la gracia del Altísimo" que tenían sangre azul, desde luego, y también los nuevos y relucientes adinerados que se habían enriquecido por medio de seductores regates con la Fortuna (que dirían los clásicos latinos). ¿Y qué tipo de diversiones había? Muchos (aunque no los suficientes, pensaría algún que otro viciosillo), pero los juegos de azar tuvieron un papel especial, que es lo que nos atañe aquí. Resulta que no sólo a los pícaros les encantaba que fluyeran los verdes por obra y gracia de la suerte pura: los muchimillonarios también se jugaban parte de sus riquezas en dichos villorios, aunque no a un nivel semejante al del crack del 29 y los valientes (suicidas) inversionistas de la Bolsa de Wall Street. Pero lo intentaban.
Con la Modernidad el epicentro de los casinos, que al fin y al cabo significa "casa de campo" (que no cabaña o choza, hablamos de una mansión de proporciones épicas) se democratizó en las ciudades, esos torbellinos sociales donde la marabunta compra y vende pero también se lo pasa pipa y bien. Poniéndose como objetivo escanciar prósperos billetes en la ruleta, el póquer o el blackjack, el ciudadano democrático se nutre del Mercado todo lo posible y también quiso probar la divina ambrosía del gasto, el riesgo sudoroso y las apuestas contantes y sonantes, algo que jamás hemos perdido desde los combates de gladiadores de Roma y el "mi burro corre más rápido que el tuyo" de, posiblemente, Mesopotamia. Aupados en el auge del comercio global, los casinos se extendieron a cada rincón de la Tierra, viajando del Viejo al Nuevo Mundo y asentándose allí donde florecían nuevos sitios habitables y acogedores incluso antes de que hubiera panadería. El gigantesco paso que vendría luego, Internet, convirtió el casino, esa antigua "casa del campo" provinciana y campechana, en una cuestión archiconocida sobre todo por las ventanitas que saltan.
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